Adiós amigo Carlos Fuentes, mi aprecio y mi respeto Manuel Núñez del Prado Dávila

Los personajes de La región más transparente llegaron ayer al Palacio de Bellas Artes para darle un adiós de cuerpo presente a Carlos Fuentes,  “el maestro de las ideas”, “el decano de las letras”, “el sobreviviente de un siglo”. Hasta ahí llegaron estudiantes con sus gritos de amor por la literatura, amas de casa que dejaron sus quehaceres para otro día, empleados de la SEP que faltaron a la oficina, un contador que prefirió llegar tarde a trabajar, y hasta un predicador cristiano que imaginaba a Carlos Fuentes en el infierno.

Ahí se congregaron todos: lectores, héroes anónimos, protagonistas de la ciudad. Los primeros llegaron antes de las diez de la mañana, casi dos horas antes de que llegara la carroza con el féretro del escritor. Entonces los gritos de entusiasmo no se hicieron esperar: “¡Fuentes, Fuentes, Fuentes!” “¡Carlos, hermano, nos dejas un legado!”, intercalados con las goyas universitarias y gritos que veían en Fuentes la figura del pueblo.

Otros prefirieron aguardar con calma bajo el cobijo de una sombrilla para sobrellevar el cielo despellejado con su inclemente sol, como doña Cecilia Ramírez, quien conversaba con su hermana: “Oye, el Fuentes me caía rebién, ya no lo vamos a escuchar… de veras, manita, lo voy a extrañar, era de los pocos valientes que quedaban”.

De pronto apareció un hombre que personificaba a Artemio Cruz –una de las creaciones del autor de Terra Nostra–. Sobre el rostro llevaba una máscara de cartón que simulaba un rostro descarnado, y sobre la espalda portaba una mochila con bocina que reproducía fragmentos de La muerte de Artemio Cruz.

¿Cuál es tu nombre?, se le preguntó.

Artemio Cruz. Soy el personaje de una novela.

¿Por qué decidiste personificarlo?


No sé si lo vengo personificando. Finalmente soy alguien que ha leído a Fuentes, no como quisiera, pero ya habrá tiempo para su vasta obra, pues es uno de los autores más representativos de nuestra literatura. Es una obligación de todos, sin importar nuestra edad, leer su obra tan amplia y disfrutable.

POESÍA. A las 13:30 horas el público pudo ingresar al vestíbulo de Bellas Artes, luego de que concluyera el homenaje de cuerpo presente, donde se dieron cita autoridades y personajes de la cultura, como los escritores Eduardo Lizalde, Elena Poniatowska, Felipe Garrido, el violonchelista Carlos Prieto, el rector José Narro y el presidente Felipe Calderón.

El público se arremolinó e hizo una larga fila para alcanzar el instante dorado: acercarse al ataúd de caoba, adornado con la bandera nacional, para “darle el último adiós”. Ese instante ritual que duró sólo unos segundos sirvió para que cada quien expiara su propia forma de afecto. Algunos tocaron la madera como si se tratara de una lámpara maravillosa, le dejaron rosas blancas, le lanzaron besos volados o le susurraron frases como: “Te vamos a extrañar”, “No nos olvides”.

A unos metros Pilar del Río, la periodista y viuda del escritor portugués José Saramago, acompañada por Ángeles Mastretta, miraba asombrada cómo el público se rendía ante su autor nacional.

De pronto la voz de una mujer irrumpió en el vestíbulo para recitar un poema que improvisó mientras aguardaba en la fila. “Carlos, te vas en medio de lamentos, / en medio del aullido de la jauría, / en medio de ojos que te vieron  incrustado entre papiros. / Carlos, la fuente de tus palabras será constante oasis, / constante diluvio de mujeres que se desnudan entre tus historias, / juglar de la muerte”.

De pronto le brotaron las lágrimas, se limpió con la manga y continuó: “Hoy Artemio te acompañará en tu viaje / y pagará a Mictlantecuhtli para que te reciba / y te abrace, / mientras el espejo enterrado te sirva de filtro para tus ojos, / tus ojos soles, tus ojos estrellas, tus ojos nube.”

El público se encendió en un alarido y rompió el silencio sepulcral que había invadido la sala, los elementos de vigilancia retrocedieron y remató: “Carlos, eres padre de quienes empuñamos la pluma / y exprimimos la tinta”. Ella quiso huir del recinto pero al final aceptó algunas preguntas.

–¿Cómo te llamas?, se le preguntó.

–Mónica Graneros, soy poeta independiente.

–¿Por qué decidiste declamar este poema?


–Es un homenaje para despedir a Carlos, una persona valiosa que no debe ser olvidada. Crecí con él, leyendo sus libros en la escuela y estoy muy impregnada de sus historias.

El público volvió a vitorearla y, entre vivas, desapareció. “Aunque una pluma se va, siempre otra queda. ¡Viva Fuentes!, la inspiración”, dijo un hombre que bien podría llamarse Ixca Cienfuegos.


Manuel Núñez del Prado Dávila

Escritor peruano


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